Opinió

El valencianismo debería ser cosa de todos

9/10/2014 Per Vicent Baydal

Hoy, 9 de octubre, al contrario que nuestros gobernantes, escribiré en castellano y no en valenciano. Para la mayoría de ellos éste es el único día del año en que utilizan el valenciano, mientras lo van matando poco a poco, al no utilizarlo nunca, al dar un ejemplo constante de monolingüismo y al entorpecer su enseñanza, permitiendo que a día de hoy la situación sea la siguiente: mientras que casi el 100% de los valencianos sabe hablar y escribir en castellano, únicamente un 48% habla valenciano, un 45% lo lee y un 25% lo escribe. Valiente bilingüismo el que daremos así a nuestros hijos. Cuantas más lenguas mejor, no sólo una ni dos, sino tres y cuatro si es posible. Y su enseñanza simultánea no es incompatible ni perjudicial, sino todo lo contrario, complementaria y enriquecedora. Pero no escribiré en castellano, al contrario de lo que es habitual en mis artículos, para denunciar la hipocresía de los que sólo utilizan el valenciano como una lengua muerta, cual latín en una misa tridentina, sino para mostrar que el valencianismo debería ser cosa de todos, independientemente de la lengua que utilicemos al hablar o al escribir.

En concreto, el valencianismo debería ser de todos, y no sólo de los que hablan valenciano, porque el castellano es también la lengua histórica de muchos valencianos. Es, por ejemplo, la lengua de los segorbinos, buñolenses, ayorenses, eldenses y oriolanos desde hace siglos; es también la lengua familiar de muchos de los que se han instalado en tierras valencianas durante las últimas décadas; y es, igualmente, la lengua de muchas personas cuyos padres o abuelos hablaban valenciano, pero que, por la situación sociopolítica que ha caracterizado a España durante mucho tiempo –y aún lo hace en demasiados aspectos–, decidieron dejar de transmitir el idioma que sus antepasados habían utilizado posiblemente durante siglos, generación tras generación. Todos ellos están incluidos en el valencianismo porque éste no es otra cosa que un movimiento que reivindica los intereses propios del pueblo valenciano. Y el pueblo valenciano lo formamos todos los que vivimos entre Vinaròs y Orihuela, entre Vallanca y Xàbia, independientemente de nuestra lengua o de nuestro sentimiento identitario, más español o más valenciano. Políticamente y jurídicamente esto fue así durante los casi cinco siglos que existió el reino de Valencia y lo ha vuelto a ser en los 36 últimos años, desde que la Constitución de 1978 estableció el Estado de las Autonomías.

Por lo tanto, si todos somos pueblo valenciano y compartimos un territorio y un gobierno propios, reivindicar nuestros intereses colectivos no es, únicamente, un asunto lingüístico o simbólico, sino, ante todo, una cuestión de bienestar material y buena gestión pública. En primer lugar, porque en este tipo de Estado el dinero no es administrado directamente por las autonomías –con la excepción del País Vasco y Navarra–, sino que pasa en su mayor parte por el filtro de Madrid, que parte y reparte y sistemáticamente, gobierne el PSOE o gobierne el PP, acaba perjudicando a los valencianos. Si bien nuestro PIB y nuestra población representan un 10% de los españoles, la inversión del Gobierno Central se sitúa desde hace años en un mísero 6%, con el consiguiente perjuicio en infraestructuras clave: continúan las autopistas de pago, el AVE únicamente va a Madrid, la red de trenes de medio alcance permanece anquilosada, etc. Por si ello fuera poco, el sistema de financiación autonómica es igualmente injusto y desigual, habiendo otorgado a los valencianos unos 1.000 millones de euros menos que al resto de los españoles cada año, durante los últimos 12 años, es decir, más de un tercio de la deuda de 30.000 millones de euros que ha acumulado la Generalitat Valenciana durante el mismo periodo.

Estrechamente vinculado a ello, es el gobierno valenciano quien se encarga de la gestión de la sanidad y la educación públicas, que ocupan casi todo su presupuesto y cuyo mantenimiento ha generado la mayor parte de dicha deuda pública, de la que somos garantes todos los valencianos. Si nuestros gobernantes y nuestros partidos políticos fueran valencianistas seguramente no hubieran permitido tal hipoteca a nuestras vidas y las de nuestros hijos, pero su españolismo, el de ofrendar nuevas glorias a España pese a quien pese y aunque ello nos empobrezca mientras besamos banderas nacionales gigantes de 15.000 euros, les ciega. La otra parte de la deuda, ya lo sabemos, proviene del despilfarro y la corrupción, y en ello también tiene mucho que ver la falta de valencianismo, de respeto y de aprecio por las instituciones representativas de los valencianos. La diferencia entre la gestión de los organismos públicos por parte de los partidos valencianistas y los que no lo son es palmaria. En la actualidad prácticamente sólo hay un partido cuyos miembros sean predominantemente valencianistas, Compromís, en el sentido de que, por su consideración a los valencianos como colectivo, no cesan de reivindicar constantemente sus intereses. Y mayoritariamente allá donde gobierna Compromís, en una treintena de alcaldías como Betxí, Almussafes, Alginet, Tavernes de la Valldigna o Xaló, la deuda municipal se ha reducido considerablemente en los últimos años. Asimismo, de los 400 cargos públicos que posee dicho partido, por el momento ninguno se ha visto implicado en casos de corrupción. 

Valencianismo y manos blancas, ¿por qué será? Precisamente por esa estima, por ese respeto a lo valenciano y a los valencianos, ya sean sus personas, sus instituciones, sus paisajes, su cultura o su futuro común. En relación con ello, el deseo de reforzar los lazos que han unido históricamente a los valencianos no es baladí. Por un lado, dichos lazos determinan nuestra posición en España y el tipo de diálogo que mantenemos con el resto de los españoles, por lo que cuanto más fuertes seamos como colectivo más fructífera será nuestra integración en el Estado y viceversa. Por otro lado, la profundización del valencianismo, de la reivindicación de los intereses de todos los valencianos, lleva aparejada una política de distribución del poder y de las inversiones en todo nuestro territorio, de norte a sur y de este a oeste de las comarcas valencianas, sin centralismos avasalladores y contraproducentes. Finalmente, el refuerzo de los vínculos entre los valencianos responde a una realidad, no sólo histórica sino también geográfica, económica, política, social y cultural, que en una sociedad europea del siglo XXI necesita expresarse públicamente y de viva voz, y no esconderse bajo el manto del miedo y la inmaterialidad. El valencianismo, en cambio, desea abrigarnos con elegantes y cómodos ropajes de valentía y visibilidad.

No en vano, el sujeto histórico y político de la nación española está conformado por los ciudadanos del Estado, en teoría en pie de igualdad, pero también, al mismo tiempo, por la suma de los diversos sujetos colectivos correspondientes a los territorios históricos que han conformado los pueblos de España. Y, a no ser que se quiera borrar la historia, el hecho territorial valenciano tampoco se puede eliminar del debate político, como nuestros gobernantes han hecho durante décadas escondiéndolo detrás de identidades provinciales que únicamente han servido para asegurarles cargos de poder, gracias al apoyo de los partidos con sede en Madrid. Tampoco se puede esconder detrás de propuestas de regeneración y mejora social que, si bien urgentes y oportunas, apenas tendrán efectos en nuestra sociedad si no se realizan desde un valencianismo militante, que nos sitúe como mínimo en pie de igualdad con el resto de los españoles y que se preocupe a carta cabal por nuestro bienestar. En definitiva, el valencianismo, o la falta de él, no es una cuestión alejada de nuestros asuntos personales, sino que nos afecta directamente en nuestro día a día, en nuestra situación económica, en nuestro progreso social y político, en nuestras esperanzas de futuro. El valencianismo es –debería ser– cosa de todos.



Tags: política valenciana, finançament autonòmic, identitat valenciana.



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